– Este verano, mi padre nos dio permiso a Ginny y a mí para ir con Fred y George a un restaurante muggle – dijo Ron, sin molestarse en terminar de tragar el trozo de pollo que mascaba alegremente, y sin percatarse del gesto de desaprobación de Hermione.
– ¿Qué restaurante? – preguntó Harry, mientras luchaba por no frotarse la cicatriz, que aquellos días le dolía más que en cualquier otro momento dramático.
Ron tragó finalmente el trozo de pollo, que a esas alturas debía de ser tan jugoso como un cheque sin fondos, y no contestó hasta haberse metido en la boca un nuevo fascículo de “desesperar a Hermione con mi falta de etiqueta”.
– Era un sitio asombroso, lleno de comida exótica: McDonald’s, con una M enorme y dorada, como si fuera una patata frita en forma de – rebuscó un símil apropiado, y finalmente se dio por vencido –… M… enorme y… dorada.
Hermione hizo un aspaviento, lo que le distrajo exactamente tres décimas y seis centésimas de tiempo en su ardua labor de cortar el pollo en trozos perfectamente regulares e idénticos entre sí
– ¡Qué espanto, Ron! ¡Esos sitios están llenos de comida que va en contra de toda base alimenticia!
Ron apuntó a Hermione con el muslo de pollo mordisqueado. Tenía los dedos brillantes hasta el nudillo, y una especie de sonrisa de payaso de grasa le rodeaba la boca.
– Te diré lo que va en contra de toda base alimenticia – dijo, frunciendo el ceño e imitando el modo pomposo de hablar de su amiga –. No comer lo que te apetezca. ¿Verdad, Harry?
Este asintió, demasiado preocupado por su cicatriz como para pensar en reivindicaciones anárquicas.
– Qué potra, Ron – dijo, distraídamente –. Yo nunca he ido a un McDonald’s. Cuando mis tíos llevaban a mi primo a uno, yo me quedaba en casa, encerrado, y lamiendo los restos de almuerzo de los cubiertos usados como cena.
Era una suerte que en casa de los Dursley todos los platos llevaran salsa.
– Cielos, Harry! – dijo una voz dos lugares a su izquierda.
– Sí, Neville, tengo una cicatriz en forma de relámpago en la frente.
– No, no, no es eso – negó el muchacho, girando la cabeza a un lado y otro como si tratase de desenroscarla del cuello –. Es el profesor Snape, te está mirando fijamente, mientras espachurra el puré de patatas sobre el pollo.
Espachurrar el puré de patata sobre el pollo era la clase de cosa que uno podía esperar de alguien tan siniestro como Snape. Harry sintió que una oleada de odio hacia el profesor fluía de cada punto de su cuerpo, concentrándose en su mandíbula y haciéndole apretarla como un tubo de dentífrico casi gastado.
– Ignórale, Harry – le recomendó Hermione, a quien nadie había pedido consejo –. Es lo mejor.
Harry miró de reojo al profesor, cuyos ojos estaban bajo tal cantidad de pelo grasiento y oscuro que no pudo ver claramente adónde miraban, y sonrió con malicia.
Mientras Ron continuaba parloteando sobre las delicias de McDonald’s y sobre la extraña costumbre que tenían en aquel lugar de llenar una de las bolsas con trozos de papel en blanco – eran servilletas, Ron, le dijo Hermione; eso qué es, contestó Ron; jajaja, contestó el resto de personajes con nombres tomados al azar del resto de libros –, Harry pinchó un trozo de pollo, cogió un poco de puré de patata con la punta del cuchillo, y clavó en Snape la mirada de desafío más Potter que pudo. Este arrugó la nariz y torció la boca aún más hacia abajo, mostrando una vez más su antipatía por el chico o quizá oliendo un pedo del profesor Flitwick, quien unos segundos antes se había inclinado hacia la izquierda con toda la discreción que pudo reunir.
Sin dejar de mirar al profesor, acercó el puré al pollo, luego puso cara de asco, negó con la cabeza y se comió el pollo solo.
Esto costó quince puntos a Gryffindor.
Unas horas después, tras las clases de la tarde, se encontraba en el despacho de Dumbledore, lleno hasta arriba, como siempre, de artefactos misteriosos, complejos entramados de cristal, y la percha de Fawkes, sobre la que este no se encontraba.
Estaba seguro de que la razón por la que el director de Hogwarts le había hecho llamar tenía mucho que ver con el insistente dolor de su cicatriz, aunque se hubiera hecho creer al resto del profesorado y alumnos que era a propósito de su desafío a Snape.
– Siéntate, Harry – invitó Dumbledore, señalando una silla con la mano – ¿Quieres una trufa?
En el escritorio, ante la silla sobre la que Harry se sentó, había una copa de balón del tamaño de una pecera pequeña, dentro de la cual había una serie de bolitas de chocolate negro, de aspecto tan sencillo como delicioso.
Harry aceptó la invitación, cogiendo una y mordiéndola con cuidado para no resultar maleducado ante el director.
– Qué tal está? – preguntó este, arqueando las cejas. Harry levantó la mirada mientras el trocito de trufa daba vueltas en su boca, tratando de apreciar el sabor en todo su esplendor.
– Sabe un poco agria… – dijo, y de pronto sintió una arcada – Sabe como… como a caca, señor.
– Es que es caca, Harry – asintió Dumbledore, sin asomo de sonrisa.
El muchacho empezó a toser, tratando de sacar de la garganta el trozo de lo que se acababa de tragar.
– ¿Por qué? ¿Por qué? – fue lo único que acertó a preguntar mientras escupía sobre la alfombra y dejaba caer el resto de “trufa” al suelo.
El director cogió la copa y tiró el resto de cacas a un cubo plateado que había a sus pies.
– He pensado que tras todas nuestras charlas sobre no dejarse dominar por el orgullo, ser prudente y respetuoso con los profesores y tantas otras buenas enseñanzas, quizá un pequeño escarmiento te ayudara a comprender mejor cómo me siento cada vez que me llega una queja tuya.
Sacudió la mano, apremiante.
– Hala, y ahora fuera, que tienes mucho que estudiar. Este año nada de cámaras secretas ni prisioneros fugados, este año exámenes finales como que me llamo Albus Dumbledore. ¿O a ti te gustaría que te atendiese un médico al que le hubieran aprobado tres años de carrera por la cara?