viernes, abril 15, 2005

Janet & Afrodita-A aren't Wallies, Wally


¡¡Duelo en la Cumbre, Wally!!

Hoy que es viernes, voy a hablar del transporte público. ¿Cómo? ¿Que qué tiene que ver una cosa con la otra? Ninguna. Pero vamos, la velocidad y el verismo tampoco, y todos hemos cantado Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras. El tralará era un añadido para rellenar estrofa y que parezca que la canción rima mejor.

No, no voy a tratar en tono irónico el mal funcionamiento de la línea 5 de metromadrid, ni la chulería de los conductores de autobús, ni a lanzar puyas contra "Madrid 2012". Para eso ya está la sección de cartas de 20 Minutos. "Señor Gallardón, ¿preparados para quién?" Santo Wally, la gente es monotemática...

Mi idea es comentar el Síndrome del Asiento, que ataca a la población. ¿En qué consiste este síndrome? Situémonos, por ejemplo, en un vagón de metro madrileño. Ahora situémonos en una hora a la que no esté lleno de gente estrujada contra los cristales, luchando por mantenerse vertical (al menos, casi totalmente) y pidiendo al cielo que no haya frenazos. ¿Ya? Perfecto, súbete, que arrancamos:

Hay veinticuatro asientos, colocados de cuatro en cuatro. La gente sube al vagón, y cada uno busca un asiento que esté en el extremo de un cuarteto. Cuando los extremos se agotan, el síndrome ataca: Todo el mundo quiere ir repatingado, con el codo en el reposabrazos y más feliz que Hello Kitty, por lo tanto cada vez que un viajero sube al vagón, cruza los dedos disimuladamente, esperando que ocupe cualquier otro asiento excepto el contiguo. Eso le haría cerrar las piernas, aguantar la respiración (en caso de estar de buen año, o más directamente, gordo), y tratar de parecer natural (chico, si ocupas espacio qué le vas a hacer, no te sientas culpable).

Pero ¡ay!, el síndrome se agrava cuando pasan las estaciones, y se van subiendo viajeros. Los asientos se van ocupando... todos, menos el que nuestro cómodo viajero tiene al lado. Comienzan los sudores, la incomodidad palpita... y empezamos a pensar qué imagen damos NADIE se nos haya sentado al lado. ¿Oleré mal? No, no puede ser eso: el olor corporal (salvo casos extremos) tarda un rato en percibirse. ¿Tengo mala pinta? ¿Parezco sucio? ¿Acaso estoy tan gordo/a que prefieren ir de pie a apretujarse a mi lado?

En ese momento, se exterioriza. Los síntomas, que cualquier observador notará, son que cada vez que el tren se para, el Viajero Solitario se pone firme, aguanta la respiración, junta las piernas todo lo que puede y se arrebuja contra el reposabrazos, tratando de que el asiento a su lado parezca una plaza de primera clase (sí, ahora lo llaman clase business, pero como yo no la puedo pagar de todas formas, da igual cómo leches la llame). Y tan pronto como alguien ocupa el fatídico asiento, el miedo se desvanece.

Y al minuto, estamos locos por que dejen el asiento libre. Misterios del ser humano.

Buen fin de semana, Wallies.

1 Comments:

At 9:15 p. m., Blogger Elisabeta ha tenido el valor de decir...

Jajaja, recuerdo los dibus de Afrodita A :Pppp.Muy bueno tu post ,me he reído ,besitos de viernes

 

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